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7 cualidades de los profesionales de la educación

Supervisión de equipos educativos

7 cualidades de los profesionales de la educación

¿Qué señales delatan la mala praxis educativa de un profesional de la ayuda y un educador o profesor? ¿Qué actitudes pueden generar que la ayuda no sea útil? ¿Cuáles son las características de un buen profesional de la educación?

Todas estas condiciones que describo en este artículo son vinculantes, un educador que no las cumple todas en cierto grado de consistencia no está preparado para acompañar impecablemente, a las personas que requieren de ayuda o acompañamiento educativo.

Muchas personas por desconocimiento o por falta de experiencia, no saben cuál ha de ser la actitud profesional de la ayuda, y se pueden embarcar en una relación educativa que puede conllevar más perjuicios que beneficios. Esta es una síntesis a partir de la experiencia profesional y de mi aprendizaje formativo en la visión sistémica de Bert Hellinger.

En un momento que han proliferado los enfoques alternativos y muchas personas que sin la suficiente experiencia y honestidad, buscan ayudar a los demás sin haber resuelto algunos temas fundamentales de su propia infancia y relación familiar, intentan acompañar a los demás como un modo de reparar sus propias dificultades, e incluso sufrimiento, seguramente puede ser de gran ayuda unas directrices claras para poder desempeñar el trabajo social y educativo, desde un lugar que pueda ayudar a los niños y a las familias de un modo coherente

Ayudar como oficio es algo totalmente diferente a la ayuda que podemos ofrecer como amigos o familiares. De hacerlo así sería algo peligroso. La ayuda que se ofrece profesionalmente es una ayuda que frecuentemente tiene que ver con la vida y la muerte, con la salud y con la enfermedad. Se trata de una ayuda para que alguien logre su propósito, que pueda desarrollarse y crecer conforme a su destino.

Las cualidades que debe desarrollar un profesional del ámbito social, de la ayuda o de la educación deberían ser:

1. Ser imparcial. No emitir juicios.

2. Ayudar de igual a igual. Honrar el lugar que ocupa como educador. No realizar (las reconoce, y no las actúa) transferencias al niño o la familia.

3. Facilitar una comunicación proactiva, y dispone de una escucha activa. Transformar las creencias y las narrativas limitantes en una comunicación reconciliadora y creativa.

4. Dar sólo lo que tiene, y reconoce lo que realmente el otro puede recibir y necesita.

5. Mantenerse dentro de las posibilidades de la situación.

6. Sentir una empatía amplia dirigida a toda la familia. No se compadece.

7. Buscar la honestidad de forma permanente. Supervisa su actitud y su trabajo constantemente.

Un educador es imparcial. No se compadece de tu historia personal, asiente a las consecuencias de cualquier situación dramática que haya vivido una persona, y la dirige hacia su propia responsabilidad.  Y así pueda recoger la fuerza de sostener su dolor y la culpa de sus acciones. Sólo de este modo es posible crecer.  Si un educador juzga tu comportamiento está proyectado su propia moral sobre la situación o tu conducta. Si impone su criterio sobre ti no puede dejarte libre para seguir el ritmo de tu propio proceso, y lograr las decisiones naturales de éste. La moral no se aplica al contexto de la ayuda ni de la educación. Ni es útil ni ayuda, porque impide una visión amplia del ser humano que hay delante de nosotros. ¿Cómo podría ayudarse entonces a alguien que ha cometido un delito o ha sufrido una violación? Un educador debe estar libre incluso de su propio criterio para proponer soluciones creativas, que no sean las mismas siempre que ha utilizado anteriormente. Si te sientes juzgado por un educador sentirás la necesidad de justificarte o defenderte, y por mantener tu dignidad – consciente o inconscientemente – no podrás confiar ni seguir las directrices del profesional.

Cuando aceptamos plenamente a cada uno tal como es, todo tiene un desarrollo favorable. Cada relación de ayuda transforma también al educador, y a la par, al no haber ninguna exigencia, el niño o el adolescente puede sentirse en un lugar seguro donde aceptar sus dificultades y sostener su propia culpa. Pero mientras el educador siga luchando con lo que el otro trae, permanece apegado a sus conceptos y nada real cambia en el niño ni en la familia. Si el educador no intenta modificar ni controlar la vida del niño, algo profundo se clarifica tanto en él como en el propio educador. Es posible mirar más allá de las circunstancias y el sufrimiento.

Por otro lado, todo lo que un educador lamenta, lo está excluyendo. Todo lo que acusa, lo está excluyendo. A cada persona que le despierta pena o enfado, la está excluyendo. Cada situación por la que un educador hace sentir incapaces o culpables, la está excluyendo. De este modo la relación con el educador queda cada vez más empobrecida. El camino inverso sería: Todo lo que te hace sentir pena y te empuja a compadecerte, el educador debe ayudarte a mirarlo de frente,  y que junto con el educador podáis decir: “Sí, así fue y lo incorporo en mí con todo el desafío que me representa. Haré algo contigo. Ahora te tomo como una fuente de fuerza.”

El movimiento esencial que debe ayudar a realizar el educador, es siempre el mismo:  incorporar aquello que se ha excluido. Incluir con benevolencia a aquél que ha rechazado.

Algunos ejemplos de desorden y falta de impecabilidad en la actitud del educador en este Orden de la Ayuda, podrían ser:

  • Condenar, sentenciar o criticar el comportamiento del usuario o de algún familiar en una situación determinada.
  • Compadecerse de la vida del niño, y no respetar su destino tal como es.
  • No reconocer a los padres del niño con amor y respeto.
  • Rechazar a algún familiar por su condición o por su comportamiento.
  • Menospreciar o infravalorar un problema que afecta al niño.
  • Imponer su moral o juzgar según sus valores, la conducta o la actitud de los padres o la familia o de alguna de sus relaciones.
  • Se posiciona a favor o en contra de alguna de las decisiones de los padres.
  • Se muestra demasiado autocentrado en su forma de percibir las situaciones o relaciones del usuario.
  • Es muy directivo, no permitiendo el ritmo de comprensión e integración del nió o la familia.
  • Compara al niño con otra persona. Juzga o compara las reacciones o actitudes del niño con otras relaciones de éste.

2. Respeta el orden de la relación de ayuda y honra el rol que ocupa. Actúa de adulto a adulto. No realiza transferencias a los niños o familias.

Un profesional de la educación revisa en profundidad sus desórdenes familiares poniéndoles solución, y respeta y acepta a sus padres tal como son.

Es fundamental que un educador, un profesor o cualquier profesional de la ayuda, que facilite la salud de cualquier persona, tenga un profundo respeto por el destino de los niños y familias con las que trabaja. Para ello debe tener una mirada que vaya más allá de la persona y que abarque a los padres de éste. Que pueda sentir un claro respeto y amor por ellos, indistintamente de cómo fueron esas personas y de lo que se haya dicho de ellas.

Cuando alguien llega a un proyecto educativo, se puede presentar como alguien que no dispone de capacidad o recursos internos como para afrontar un conflicto o dificultad. La ayuda real sería mostrarle para que reconozca su propia fuerza y se empodere, que descubra su resiliencia. Pero si el educador acepta la actitud infantil de quien se siente desvalido, ambos quedan inmediatamente implicados en una transferencia, donde el niño o los padres, no pueden reconocer su responsabilidad y comienzan a exigir internamente al educador como si fuera un padre o una madre, para que solucione sus problemas, como si se tratara de algo mecánico. Por supuesto, un educador de un modo simbólico, representa a los padres por un periodo en el que se establece la confianza necesaria, y puede restaurar el vínculo seguro con los padres del niñ@. Pero siempre actúa en nombre de éstos, y dirige la atención hacia ellos, sin usurpar, por así decirlo, el lugar de los padres.

El trabajo educativo se inicia en lo más profundo de la persona que acompaña el proceso educativo. Un educador ha de reconocer cuáles son sus limitaciones. Sus límites se encuentran donde alcanza su honestidad. Ha de revisar constantemente hasta donde puede trabajar con un niño o con una familia, qué cosas lo mueven emocionalmente más allá de lo que tiene dominio y sabe gestionar. Si algún tema que traen los niños o las familias son susceptibles de tocar aspectos que el educador le conmueven demasiado, y no puede ser imparcial debido a su implicación relacional o emocional, debe pedir ayuda al equipo y al supervisor. De igual modo, si el educador percibe alguna actitud personal del niño o la familia como una amenaza o que le supera de algún modo, porque su moral o sus valores no le permiten ser imparcial debe comunicarlo con la mayor honestidad posible para que el equipo pueda acompañarle en la relación educativa

Por otro lado, hay ciertos aspectos específicos que a veces se pasan por alto. El acompañamiento educativo y todas las profesiones de la ayuda, requieren de unas actitudes muy claras para que la relación sea adecuada y mantenga el orden necesario en la relación, para que se posibilite la ayuda. De todos modos, aquí la responsabilidad recae sobre todo en el profesional.

Algunos ejemplos de desorden y falta de impecabilidad en la actitud del terapeuta en este Orden de la Ayuda, podrían ser:

El educador permite o facilita una relación padre/hijo. Donde se establece la transferencia/contratransferencia como dinámica de funcionamiento.

Impone su criterio y su moral.

No respeta las decisiones de la familia.

No respeta a los padres del cliente, o no siente gratitud y no respeta a los suyos.

Se enfada con el niño o la familia, le expresa su descontento por algún motivo personal o reacciona a las expresiones emocionales de éste.

Cruza la línea interpersonal, no reconociendo sus límites profesionales y su función educativa

Establece una relación personal, donde se desarrolla una “relación entre amigos”.

No respeta los límites de relación profesional, hablando demasiado de sí mismo, o estableciendo relaciones simétricas fuera del contexto profesional

3. Facilita una comunicación proactiva, y tiene una escucha activa. Transforma las creencias y la narrativa limitante en una comunicación reconciliadora y creativa.

Generar un espacio seguro donde se puede desarrollar la confianza sin lugar a dudas, requiere de una actitud y una comunicación impecables.

La mayoría de los conflictos entre personas o grupos surge de la mala comunicación de nuestras necesidades humanas, debido al lenguaje agresivo o manipulativo cuyo objetivo es inducir miedo, culpa, vergüenza. Estos  expresiones violentas de comunicación, cuando son usadas en un conflicto, desvían la atención de cada persona de reconocer sus propias necesidades, sentimientos, percepciones y peticiones, perpetuando así el conflicto. La herramienta que utilizo para clarificar el propósito y los medios para una comunicación honesta y empática es la Comunicación No Violenta (M. Rosenberg).

El educador debe ayudar a comunicar las necesidades y los sentimientos del niño y la familia, de un modo que transformen su percepción y sus creencias sobre sí mismo, sus relaciones y el mundo. Un terapeuta es un narrador que transforma la historia de dolor y conflicto en una reflexión llena de potencialidad y capacidad creativa.

La narrativa que tenemos sobre el problema que atravesamos, es el problema en sí mismo. Nuestro diálogo interno es el que genera una experiencia, que confirmamos en nuestras relaciones y la percepción de los demás y la vida. El educador debe disponer de suficiente claridad sobre la condición indispensable de afinar y dirigir la comunicación, hacia un lugar honesto y empático consigo mismo. El discurso de quien está sufriendo, generalmente,  está lleno de violencia hacia él mismo y hacia los demás, con cierta falta de responsabilidad sobre la capacidad de tomar decisiones y ausencia de empoderamiento. El educador ayuda a cambiar este diálogo interno, que lo moverá hacia una actitud que le permitirá una visión más amplia y reconciliadora consigo mismo y los demás.

Somos seres narrativos. Tal como nos explicamos nuestra historia personal, así experimentamos nuestra vida. Nos contamos la vida a través de nuestras creencias, otorgándoles la categoría de ciertas. Abandonar las creencias limitantes e intercambiarlas por creencias que nos empoderan, es parte del proceso creativo de la educación. Cada forma de ver el mundo nos ubica como personajes y, por tanto, con cualidades y defectos determinados. ¿De qué manera nos afectan nuestras ideas del mundo y de nosotros? La manera como nos contamos el pasado y el futuro es como vivimos el presente.

Algunos ejemplos de desorden y falta de impecabilidad en la actitud del terapeuta en este Orden de la Ayuda, podrían ser:

  • El educador confirma las creencias limitantes de una experiencia dolorosa del cliente.
  • El educador queda atrapado en el discurso de la familia o del niño/adolescente, y discute con él para convencerlo que está equivocado.
  • El educador no sabe cómo conectar con el niño, no dispone de herramientas suficientes para reconocer las necesidades y sentimientos que esconde el dolor y el conflicto, transformándolos en un nuevo diálogo internos.
  • La historia del niño/familia eclipsa al educador, y su empatía personal bloquean una mirada hacia una solución y una nueva percepción de la dificultad.
  • El educador no reconoce claramente sus emociones, y no sabe cómo utilizarlas para dirigir los sentimientos del niño y/o la familia, hacia una mirada reconciliadora.
  • El terapeuta es permisivo con el discurso victimista de la familia, intenta convencerlo sobre cómo debería sentir o percibir un asunto.

4. Da sólo lo que tiene, y reconoce lo que realmente el cliente puede recibir y necesita.

Es fácil que un educador desee ayudar con tanto anhelo que a veces se extralimite dando más de lo que tiene, bien por una falsa abundancia, que proviene de su propia sensación de carencia o miedo a la situación del niño, o por la exigencia o escasez del niño o la familia, que pide con ansiedad por no poder sostener su propio dolor o culpa.

Si la familia pide lo que el educador no puede darle y éste cede, o bien si quien ofrece la ayuda, da algo que no le corresponde porque asume una responsabilidad que no le es propia. El dar y el recibir en la ayuda tienen límites, pues la ayuda no puede ser incondicional.

La ayuda debe ser humilde: muchas veces ante determinadas situaciones o expectativas elegimos renuncia a ayudar, porque esto es lo que más va a ayudar. Aquí el educador ha de poder sostener el reproche e incluso el ataque de los niños y las familias, por no cumplir la expectativas de lo que considera adecuado como ayuda la sociedad o algunas personas implicadas en el proceso terapéutico.

Algunos ejemplos de desorden y falta de impecabilidad en la actitud del educador en este Orden de la Ayuda, podrían ser:

  • El educador habla demasiado buscando convencer de las indicaciones que ofrece.
  • Insiste en ayudar o en convencer de su visión/método sobre una situación donde los padres aún no ha madurado lo suficiente, como para generar una acción propia.
  • Sobrepasa los límites de su tiempo, alargando la conversación con una actitud de preocupación por intentar resolver un asunto.
  • Acepta las exigencias de la familia o el niño cuando se muestra como alguien desvalido que no puede actuar por su cuenta.
  • Escucha sin capacidad para contener la emocionalidad del niño, sin reconducir o poner un límite a sus justificaciones para sentirse víctima o incapaz de controlar sus sentimientos.

5. Se mantiene dentro de las posibilidades.

Muchas circunstancias nos vienen dadas, si el educador no puede aceptarlas como parte del destino del niño o la familia, el trabajo educativo queda abocado al fracaso. Algunas de estas circunstancias no son sólo externas, como por ejemplo las condiciones familiares de la persona que necesita salir de cierto enredo en sus relaciones, o las dificultades que vivió siendo niño. A muchos profesionales le puede parecer muy dura o insostenible la situación de alguien o el destino de una persona, y desearían modificarla. La mayoría de casos donde esto sucede, no es porque el cliente no pueda sostener su propia vivencia, sino porque el educador no puede soportar este destino. Entonces puede suceder que la familia se deje ayudar por su deseo de devolver la ayuda al profesional, de modo que se invierten los papeles y el poder de la ayuda se debilita.

Este Orden de la Ayuda implica por tanto, que el educador se debe someter a las circunstancias, y únicamente intervenir hasta donde ellas lo permitan. Negar u ocultar la situación de quien necesita ayuda en vez de afrontarla, debilita tanto a quien ofrece la ayuda como a quien la recibe.

Algunos ejemplos de desorden y falta de impecabilidad en la actitud del educador en este Orden de la Ayuda, podrían ser:

  • Forzar una solución preconcebida o luchar contra una circunstancia, sin considerar el proceso del niño o la familia, o las necesidades del momento.
  • Buscar lograr unos objetivos sin tener en cuenta la capacidad y la vulnerabilidad de la persona que pide ayuda.
  • Dar más importancia a la metodología que a la persona. A los objetivos que al proceso.
  • No actualizar constantemente la experiencia del cliente, ajustando el acompañamiento según el feedback.
  • Que el educador se arrogue una responsabilidad que no le corresponda sobre la transformación de la persona o la situación.
  • Que el educador esté más preocupado en su propio éxito que en la vivencia del niño.

6. Siente una empatía amplia dirigida a toda la familia. No se compadece.

Si alguien se queja de cómo está siendo su vida, o cómo fue su infancia. ¿Qué está haciendo en realidad?  Desea que algo sea diferente, quiere ser otro. Pierde la fuerza para su propia transformación. ¿Qué sucede si el terapeuta lamenta eso? También pretende que la vida del cliente hubiera sido otra. Y ambos quedan escindidos de la realidad y no pueden tomar la fuerza para afrontar las condiciones de su vida. Ambos se debilitan, y se desconectan de sus propios recursos internos.

Bajo la herencia de la medicina y la psicoterapia muchos profesionales del ámbito socioeducativo tratan al niño como si fuera un individuo aislado del sistema familiar. Sólo cuando el educador percibe a cada persona como integrante de una conciencia colectiva, a la cual está al servicio, puede percibir también lo que el niño necesita y a quien de la familia, se le debe un lugar y un reconocimiento. Incluso puede darse que antes de nada, haya que dirigir la atención y la ayuda a alguien del sistema familiar, para después dar los pasos decisivos en favor del cliente. Es decir, la empatía debe ser menos personal y más sistémica. No estamos a ayudando a una sola persona, sino a un sistema familiar, donde el el niño o el adolescente expresa un síntoma relacional. Una empatía personal separa en vez de unir, establece una relación personal en la cual los propios miedos o los de los padres, se confunden con los sentimientos personales e interfieren en una ayuda más amplia y profunda. Sin embargo, una empatía de mayor alcance, que abarca a la familia, llega al alma.

Algunos ejemplos de desorden y falta de impecabilidad en la actitud del educador en este Orden de la Ayuda, podrían ser:

  • Consuela al niño o los padres. Es decir, lamenta lo que le ha sucedido.
  • No respeta a los padres del niño, juzga o se opone a algunas vivencias que tuvo.
  • Se implica personalmente en el logro de las tareas del niño, se preocupa de su obediencia a las directrices dadas.
  • Se preocupa en conocer detalles personales del niño o la familia que no le incumben para el proceso educativo.
  • Se enfoca demasiado en el resultado individual abandonando una perspectiva más amplia
  • No sabe retirarse una vez los objetivos educativo se han cumplido. Sigue preocupándose por el niño.
  • Pretende controlar las acciones y el resultado de las decisiones del niño o los padres.

7. Busca su honestidad de forma permanente. Supervisa su actitud y su trabajo constantemente.

Un educador, por supuesto, no es infalible y tampoco está libre de que le afecten los sentimientos y experiencias de cada niño. Muchas veces lo que vive alguien que toca temas profundos de su vida, conmueve profundamente a quien lo acompaña. Puede resonar con asuntos pendientes del educador, que no haya mirado con suficiente profundidad. O simplemente porque la sensibilidad de su propia humanidad resuena con el dolor y su campo emocional queda tocado. De este modo, también requiere de acompañamiento, de una revisión permanente de cada proceso que realiza. Mirar donde quizá se quedó estancando, donde repite o insiste en metodología (porque le funcionó anteriormente) que no lo dejan libre para ser creativo y abordar de nuevo una situación o una dificultad.

Un educador debe poder expresar su inquietud, su preocupación, encontrar un diálogo reflexivo que le ayuda a meditar más allá de sus parámetros, que le ofrezca también, soluciones y caminos alternativos.

La honestidad es el requisito imprescindible para que el trabajo educativo no quede en un nivel superficial y automático. Que las inercias de carácter y de enfoque metodológico o teórico, no mantengan al profesional en un círculo hermético, que no se permita las crisis, la duda, la supervisión de sus valores y creencias. Todo para que se mantenga el equilibrio de su salud a la altura de lo que propone a sus usuarios.

Algunos ejemplos de desorden y falta de impecabilidad en la actitud del educador en este Orden de la Ayuda, podrían ser:

  • El educador da por sentado su enfoque o sus propuestas como únicas alternativas.
  • Se considera mejor que la familia o los padres, o cree que la vida de éste es peor.
  • No se permite la equivocación ni la corrección de sus errores.
  • No revisa las intervenciones que no han dado buen resultado.

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